Cuando los abogados le hablamos a otros abogados… y olvidamos al cliente

Es muy común que los abogados escribamos y hablemos como si nuestro interlocutor común y clientes fueran siempre otro abogado. Provocando esto en muchas ocasiones un entendimiento limitado del que nos escucha. Lo catalogamos como una práctica egoísta que, más allá de comunicar efectivamente algo, procura hacerse sentir sabio, intelectual o, por qué no, hasta culto.

Pero muy lejos de esto, lo que entendemos es que, muchas veces, nos ven como “personajes”, hasta el punto de que cuando existe confianza con el prójimo se nos diga: ahí viene este con sus palabritas domingueras…

En el terreno de la relación abogado-cliente, la utilización de estos tecnicismos, referencias doctrinales, citas de frases célebres, artículos de ley, expresiones latinas y construcciones jurídicas complejas que, aunque correctas desde el punto de vista técnico, no necesariamente cumplen con el objetivo más importante de nuestra labor: orientar adecuadamente al cliente.

No es raro ver contratos, informes o correos electrónicos llenos de lenguaje jurídico que, para nosotros, resulta claro y natural, pero que para el cliente puede ser confuso, distante o incluso un tanto intimidante.

De esto surge un cuestionamiento interesante: ¿A quién estamos tratando de servir realmente con ese lenguaje?

El derecho, por naturaleza, requiere precisión. Pero esto no significa complejidad innecesaria. El abogado debe tener la destreza de dominar el lenguaje técnico y de saber traducirlo a la vez. Un buen abogado no solo interpreta la ley; también interpreta el problema del cliente y lo explica en términos que ese cliente pueda comprender y utilizar para tomar decisiones.

Las formas de hablar de los abogados dependen de los escenarios. No se le habla igual:

  • a un juez,
  • a otro abogado,
  • a un empresario,
  • a un inversionista extranjero,
  • o a una familia que está comprando su primera propiedad.

Cada interlocutor necesita claridad desde su propio contexto.

Cuando un cliente nos consulta, no está buscando necesariamente una clase de derecho. Está buscando orientación, seguridad, criterio y la presentación de estrategias viables. Quiere entender qué está pasando, cuáles son sus riesgos y qué decisiones debe tomar.

Si el cliente termina la conversación más confundido que cuando empezó, probablemente no hemos comunicado bien, aunque nuestro análisis jurídico sea impecable.

En ese sentido, quizás uno de los grandes retos del ejercicio moderno de la abogacía no es impresionar con tecnicismos, sino orientar con claridad.