Una de las características principales del derecho es reconocerlo como una herramienta viva. Esto se debe a que los seres humanos nos mantenemos en constante cambio. Las sociedades experimentan evoluciones palpables, positivas o negativas, en todos los ámbitos, obligando a que el derecho no sea la excepción.
Existe universalmente una percepción errada de ver el derecho como una pieza de museo, una reliquia normativa que se conserva intacta por respeto a su antigüedad. Pero debería ser todo lo contrario. Tenemos que desarrollar la capacidad de análisis crítico que nos lleve a romper con esas tradiciones de “respeto” mal entendidas y así poder ayudar a moldear y adaptar el derecho a los tiempos que estamos viviendo.
Un sistema jurídico necesita estabilidad, pero esa estabilidad no significa inmovilidad.
No podemos desconocer que, durante décadas —y en algunos casos siglos— nuestros códigos primarios han servido como columna vertebral del orden jurídico, ofreciendo estabilidad, seguridad y previsibilidad. Pero también es cierto que muchos de ellos fueron concebidos para realidades históricas, económicas, sociales y tecnológicas que ya no existen hoy en día.
El mundo actual es disruptivo. La tecnología redefine mercados a la velocidad de la luz. La inteligencia artificial convive con nosotros y desafía la gran mayoría de conceptos clásicos. Los modelos de negocio evolucionan más rápido que los marcos regulatorios. Las relaciones contractuales son cada vez menos físicas y más digitales.
Estas realidades chocan de frente con muchos sistemas jurídicos que siguen intentando responder a estos fenómenos con estructuras normativas diseñadas para otras épocas.
La falta de evolución del derecho nos lleva a perder capacidad de servir. Es común que la obsolescencia jurídica no sea tan visible, ya que a veces se manifiesta en procesos excesivamente formales frente a realidades digitales; vacíos regulatorios frente a innovaciones tecnológicas; e incapacidad institucional para responder con certeza, eficiencia y agilidad.
El resultado es inseguridad jurídica, retraso competitivo y pérdida de confianza.
El ejercicio actual del derecho exige algo más que conocer códigos y precedentes. Exige visión, estrategia y estar convencidos de que estamos lidiando con una herramienta viva. El abogado debe convertirse en un agente de transformación que procure la funcionalidad del derecho.
En el caso de la República Dominicana, en los últimos años se ha demostrado capacidad de transformación económica. No obstante, uno de sus desafíos es consolidar una transformación jurídica estructural que acompañe ese crecimiento.